La Economía de José C. Paz


    El Campo

    En 1895, el cuartel III y el linde del Cuartel IV de General Sarmiento, hoy José C. Paz, formaban una vasta zona rural, que comprendía una serie de chacras, unos pocos tambos, campos dedicados a la agricultura y algunos para la cría de hacienda.

    Recorriendo esos campos encontramos a las familias de J. Guissoni, Sánchez, M. Giordano, Ufor, Tomás Buzzio, Rodriguez, Juan Irigoin, Rosa Cafferata de Capurro, Ferrari, Antonio Capurro, Antonio Rebaggiatti, José Balestrasse y Spinetto, todas dedicadas a la agricultura. Los tambos de Echeverry, Duhau, Alejo Algorry, Martín Jaureguiberry, Juan Echepareborde y Bautista y Juan Liendre. Las chacras de Juan Maggiolo, Antonio Solari, Bernardo Echard, Angel Danessi, José Graciano, Luis Guissardi, Luis Coccalini, Francisco Costa y Vicente Fiorini. Los establecimientos agricola-ganaderos de María Berro de Altube, conducido por su hijo Santiago Altube, el de Juan Bautista Altube, el de Bernardo Lohigorry, el de Cristóbal Bengochea y el de José Altube, que había adquirido a Juan Buzzini.

    La quinta de Victorio Massa, aquí junto a Pedro Massa

    La mayoría de estos campos eran trabajados por sus propios dueños, ayudados por sus esposas e hijos, quienes integraban familias muy numerosas. En algunos casos se contrataban a peones o jornaleros para realizar las distintas tareas.

    Esta población se abastecía en los pocos comercios existentes: las almacenes de Domingo Irigoin, la de Juan Maggiolo y la de Vicente Fregasi, todas ubicadas en el cruce del camino de San Fernando a Rodríguez y las vías del tranvía Rural; por el mismo camino y hacía el Cuartel V de Moreno, estaba el almacén Domingo Lohigorry; vecino a la estación Piñero, el almacén de Vicente Desleli y hacia San Miguel, el almacén de Banfi.

    Mirando el horizonte, José C. Paz, era netamente rural: campos de alfalfa, más allá los trigales, un monte de eucaliptos que anuncia una casa, el arriero llevando el ganado, el agricultor con sus bueyes guiando el arado, el peón con la zapa al hombro... los chicos a caballo hacia la escuela.

    Toda esta actividad rural fue modificándose con el correr del tiempo.

    Industria lechera

    Al comenzar el siglo había en José C. Paz pocos tambos. La inauguración de la estación Arroyo Pinazo, del ferrocarril Buenos Aires al Pacífico, en 1906, trajo aparejado un crecimiento en la industria tambera, ya que por medio del ferrocarril se podía despachar cada día la producción lechera. Ante esta perspectiva, algunos propietarios dejaron la agricultura para pasar al tambo, entre ellos Guissoni y Giordano; y hubo otros que se incorporaron a esta actividad: Lohigorry, Altube, el cabezón Etchard, los Aguilar del Cuartel V.

    Embarcadero del FCSM paso nivel calle PueyrredónActividad dura y sacrificada, cada mañana a las tres y media, con el banquito en mano y el balde, propietarios, hijos, esposas, peones comenzaban el ordeñe. Finalizada la tarea, se cargaban los tarros en el carro para llevarlos a la estación, donde se despachaban en el tren lechero. Con frío o calor, con lluvia o sol, con heladas o nieblas, día a día volvía a repetirse la tarea.

    Alrededor de las nueve o nueve y media de la mañana, venía el respiro, acercarse a la casa, donde un una facturas de cerdo con huevos fritos y pan casero, alimentaba esos cuerpos fatigados.

    Paulatinamente se fue incrementando la actividad tambera. El diario "El Progreso" del 1° de febrero de 1915, informa la cantidad de tarros de leche despachados, mes a mes durante el año 1914, desde la estación de José C. Paz: Enero 23650 Febrero 24870 Marzo 22950 Abril 18700 Mayo 18375 Junio 16615 Julio 12150 Agosto 13999 Septiembre 18050 Octubre 20650 Noviembre 21750 Diciembre 22150

    En total se despacharon 234.009 tarros de leche, que calculando a 20 litros por tarro, asciende a 4.680.180 litros de leche despachado. Se cotizaba la leche a $ 0,08, lo que dio una entrada de $ 327.618 m/n. A esta producción habría que sumarle la leche que se distribuía en el pueblo, mas la que se destinaba para elaboración de queso, crema y manteca, productos estos que también eran consumidos localmente.

    En 1915 hubo un incremento de 10.000 tarros de leche, lo que dio un ingreso de $ 426.160,80 m/n.

    Así año tras año se incrementaba la actividad. Este desarrollo llevó a que, el 8 de enero de 1923, se formara la subcomisión local de la "Unión General de Tamberos", cuyo primer presidente fue Santiago Altube, secundado por Vicente González, como secretario, Luis Giordano, como tesorero y cuarenta vocales.

    Fábrica de leche aséptica "Vital"

    Todo este desarrollo de la industria tambera permitió la instalación en 1912 de una fábrica de leche envasada denominada "leche aséptica Vital", propiedad del señor Francisco N. Viñas.

    Dibujo de época del Tarro de lecheEl establecimiento estaba ubicado a mitad de camino entre Villa Altube y el cementerio, donde hoy está la fábrica "Topolín". Era dirigido por Ricardo Viñas, hijo del propietario, dando empleo a unos treinta operarios de ambos sexos.

    Este producto ganó muchos premios nacionales: "Gran premio y medalla de oro" en la exposición de Córdoba de 1915, en el congreso sobre lechería realizado en Buenos Aires en 1920 y en la exposición americana, también realizada en Buenos Aires en 1921. Obtuvo también gran premio de honor y medalla de oro en exposiciones internacionales: en 1915 en California, en 1918 en Santiago de Chile, en 1919 en Montevideo, en 1922 en Brasil y en 1923 en Roma.

    Su producción se vendía en Argentina y también se exportaba. En 1921 se envía una partida de 300 cajones a Méjico. En 1922 se envían varias partidas a Alemania de 20, 40, 200 y 400 cajones; y al año siguiente se duplican los embarques hacia el mismo país.

    Una propaganda de 1922 decía:

    "De las leches que actualmente se consumen mundialmente, la "Vital" es la que todos, gozosos, tanto el viejo como el mozo beben más.

    En cuantos concursos hubo, primeros premios obtuvo con razón, pues es tan buena, tan suave, que a "prima facie" se sabe su valor.

    Quien sepa lo delicioso que es el beso cariñoso maternal, ya conoce la dulzura de esta leche, fresca, pura, sin igual.

    Y quien cruza la temida negra senda de la vida sin llorar, ya conoce el resultado de esta leche -no igualado-: bienestar.

    Y es por esto y otras cosas que esta leche tan sabrosa, hoy está conceptuada en todo el mundo por los sabios más profundos sin rival".

    Explotación ganadera

    Además de los tambos, a fines de siglos había algunos establecimientos dedicados a la ganadería, donde se criaba y engordaba la hacienda. Ese ganado era llevado a los remates-ferias donde se los ponía a la venta. Los mismos se realizaban dos veces al mes en Pilar, a cargo de dos compañías: la de Pedro Marzano y la de Menvielle. Esto hacía que los hacendados paceños debían arrear su ganado hasta dicha localidad, y también los abastecedores y carniceros debían trasladarse hasta allí para comprar los animales.

    Al comenzar 1915 comienzan las gestiones para instalar un remate-feria en la localidad. Al respecto anunciaba el diario "El Progreso":

    "El señor José Altube accediendo al insistente pedido de hacendados, carniceros y abastecedores instalará un remate-feria de animales".

    El matadero vacuno

    La misma estaba ubicada donde terminaba por esos años el pueblo, hoy calle Constitución, la que se llamaba "calle de la feria".

    El 25 de febrero de 1915 se realizó el 1° remate-feria a cargo de la firma Menvielle. El resultado de las ventas de esa día fue: bueyes gordos de $ 140 a 177; novillos de $ 102 a 107; novillitos de $ 72 a 87; terneros de $ 61 a 65; vacas secas a $ 117; vacas para matadero de $ 79 a 92; vaquillonas de $ 72 a 86; toritos a $ 200 y ovejas para matadero a $ 11,40.

    El siguiente remate-feria fue el 25 de marzo del mismo año. Habiendo alcanzado buen éxito, a partir de abril, la firma Menvielle decide realizar dos remates mensuales: los días 8 y 25 de cada mes.

    La instalación del remate-feria alentó a muchos propietarios y arrendatarios a cambiar de la agricultura a la ganadería. Este interés se dio especialmente al finalizar la primera guerra mundial, donde el trigo ya no era aliciente, y sí se vislumbraba como redituable la "invernada", ya que en la feria local se podían colocar los propios animales.

    Resuenan hoy en los oídos el grito de los arrieros, acompañado por el ladridos de los perros, que anunciaban el paso del ganado. En medio de la polvareda los ojos de los chicos brillaban al ver pasar la hacienda hacia la feria. El día del remate era día de fiesta porque atraía a numerosos público, que al finalizar la tarea se dispersaban por los bares de los alrededores.

    Años más tarde el paso del ganado se repetiría, pero ya no hacia la feria, sino hacia el embarcadero en el terreno del ferrocarril. Serían la calle Seguí (hoy Pueyrredón) o el bulevar Pacífico (hoy Leandro N. Alem), los testigos del paso de la hacienda y de los hombres de nuestro campo.

    Verduras

    Otra transformación de los campos dedicados a la agricultura o las chacras, fue la instalación de "las quintas de verduras y frutas". Aquellas tierras, especialmente hacia Ameghino (hoy Vucetich), fueron cambiando de fisonomía y dando lugar a los surcos, de los cuales surgirían a pala y zapa zapallos, tomates, lechuga, ajíes, papas, cebolla, porotos... sandías, melones, frutillas, ciruelas...

    Carreta con lugareños en el campo de Vicente Fiorini

    Cuantas siestas de verano, encierran las travesuras de la chiquilinada que aprovechaba el descanso de los mayores para hacer de las suyas, cruzando los alambrados y llevándose bajo el brazo una sandía, o un melón, o duraznos, para disfrutar y compartir a la sombra de algún paraíso.

    "El Progreso", en el verano de 1915, informaba sobre el despacho de la producción de las quintas, a su vez que elevaba una queja sobre la poca eficiencia del ferrocarril Central Buenos Aires:

    "Otra de las fuentes de recurso local es la verdura. Los datos obtenidos son muy dudosos por despacharse este producto desde la estación Piñero, pero sin temor a equivocarse 3 toneladas diarias en la buena estación. La frutilla puede calcularse en 50 cajones diarios durante la temporada.

    Aprovechemos la oportunidad para consignar la eterna queja de los quinteros que forzosamente se ven obligados a hacer sus envíos por vía del F.C.C.B.A.

    Este ferrocarril, quizás amparado en las prerrogativas de la nacionalidad de su directorio, más bien dicho propietarios, no sirve a los cargadores según su deseo, escaseando los vagones o retardando la llegada de los productos, lo cual ha dado lugar varias veces a que la mercadería llegase averiada; siendo por lo tanto rechazada por los abastecedores.

    Gallinas, fuente de ingreso. En la Foto la 'negrita' AguilarLástima que el F. C. P. no trate de sacar las trabas que impiden a los quinteros cargar por esta vía, de hacerlo sería otro cantar para la favorecida empresa Lacroze".

    Por esos años, se habían instalado en la plaza del pueblo las "ferias francas", que permitían a los quinteros vender sus productos a la población local, y la población a su vez verse beneficiada con precios más económicos sin intermediarios. Por primera vez funcionaron el 15 de marzo de 1914. En 1915 estas se trasladaron frente a la estación.

    Muchas familias se dedicaron a esta actividad, entre otros: Mica, Massa, García, González, Balbuena, Focci, Frino, Zunino, Ufor, Rosso...

    Establecimientos forestales

    La actividad rural se completaba con los establecimientos forestales. Había tres: el principal de ellos, el de Stafforini y Cía, en el cruce de los caminos de Buenos Aires a Pilar con el de San Fernando a Rodríguez. Este establecimiento ocupaba una extensión de 14 hectáreas, de las cuales 4 estaban dedicadas a la "Arboricultura". Poseían para la venta alrededor de 150000 plantas entre frutales, forestales y adorno.

    Otro, era el de Antonio Cerioli dedicado al el cultivo de claveles. Y, por último el de Augusto Masaferro, dedicado al cultivo de toda clase de flores, plantas de adorno y bordaduras.

    El campo fue cediendo espacios

    Era intensa la actividad rural hasta promediar los años cincuenta. No solo en el campo, sino también el pueblo: cada vecino tenía sus cultivos y criaba los animales para el consumo familiar.

    Pero con el pasar de los años y el loteo constante de las tierras a partir de la década del 50, llevó a que el campo y la actividad rural desapareciera, para dar lugar a la edificación de viviendas. Hoy donde antes estaban los sembrados, hay una casa pegada a la otra; en aquellos campos donde pastoreaba el ganado, hoy se llenaron del ritmo incesante de las personas. Mirando solo se puede contemplar algún que otro almácigo de lechuga, escarola o radicheta, algún limonero, perdido en el fondo de un terreno. La actividad agricola-ganadera que fue fuente de vida para muchas familias, hoy es un recuerdo en este José C. Paz suburbano.

    Alberto Julio FERNANDEZ

    Cerrar esta ventana